Cuarta Entrega
Es tal vez la cercanía de la tierra con el cielo lo que transmuta las miradas. Es tal vez el efecto de la altura o simplemente el encontrase con otros ojos lo que te deja en un estado de quietud.
Acá todo tiene otro ritmo, la vida transcurre pausada, tan suave que ya nos parece estar hace una semana acá y sólo llevamos 3 días.
Es entonces en esas miradas profundas dibujadas en morenos rostros en donde me desconozco y encuentro aquella diferencia que nos hace ser hermanos.
Pensaba encontrar hostilidad por la deuda histórica que tiene Chile con esta nación, pero no la he visto, tal vez sólo insinuada en el primer silencio del contacto y luego enmascarada bajo una ambabilidad que hace sentir una fuerte admiración por todos los bolivianos.
Sí, es tal vez parte de su cultura que han aprendido a enmascarar los miedos, los odios. Al ver la máscara de los diablos me imagino que se inspira en aquel rencor que se plasma en sus monumentos, museos, libros de historia y que sólo aflora en boca de los niños.
El mundo adulto parece estar acostumbrado al arte de transmutar, de esconder, de disfrazar. Sin embargo, las raíces prehispánicas son imposibles de borrar del paisaje, en sus olores, en sus colores, y en los rostros que evidencian la procedencia indígena nace un canto que sabe a lluvia y sangre.
En sus cuerpos se materializa su carácter, las espaldas curvadas por la carga, el paso corto y rápido, la mirada clavada en el suelo, la risa solapada y la vista curiosa y huidiza. Sus voces, suaves y armoniosas, su cándido trato, se asemejan al Quirquincho, animal al cual rinden culto y que se destaca por la dureza de su piel para sobrevivir a la hostilidad del clima.
Me sorprende la fuerza y me doy cuenta, entre el dolor de cabeza causado por el sorochi, de la fragilidad de nuestra identidad.
Acá todo tiene otro ritmo, la vida transcurre pausada, tan suave que ya nos parece estar hace una semana acá y sólo llevamos 3 días.
Es entonces en esas miradas profundas dibujadas en morenos rostros en donde me desconozco y encuentro aquella diferencia que nos hace ser hermanos.
Pensaba encontrar hostilidad por la deuda histórica que tiene Chile con esta nación, pero no la he visto, tal vez sólo insinuada en el primer silencio del contacto y luego enmascarada bajo una ambabilidad que hace sentir una fuerte admiración por todos los bolivianos.
Sí, es tal vez parte de su cultura que han aprendido a enmascarar los miedos, los odios. Al ver la máscara de los diablos me imagino que se inspira en aquel rencor que se plasma en sus monumentos, museos, libros de historia y que sólo aflora en boca de los niños.
El mundo adulto parece estar acostumbrado al arte de transmutar, de esconder, de disfrazar. Sin embargo, las raíces prehispánicas son imposibles de borrar del paisaje, en sus olores, en sus colores, y en los rostros que evidencian la procedencia indígena nace un canto que sabe a lluvia y sangre.
En sus cuerpos se materializa su carácter, las espaldas curvadas por la carga, el paso corto y rápido, la mirada clavada en el suelo, la risa solapada y la vista curiosa y huidiza. Sus voces, suaves y armoniosas, su cándido trato, se asemejan al Quirquincho, animal al cual rinden culto y que se destaca por la dureza de su piel para sobrevivir a la hostilidad del clima.
Me sorprende la fuerza y me doy cuenta, entre el dolor de cabeza causado por el sorochi, de la fragilidad de nuestra identidad.
Sandra Nicole Peralta Ochoa
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